Atisbos de un jueves por la tarde (II)
Abril 2, 2008 por anaima
«Ahora voy recorriendo Lafayette, sudando y quejándome y apartando a la gente de mi camino, me sale espuma por la boca, se me contrae el estómago con unos retortijones horribles –quizás me los estén causando los esteroides, pero no creo– y me tranquilizo lo suficiente como para dirigirme a Gristede, recorro los pasillos de arriba abajo y robo una lata de jamón que saco de la tienda tranquilamente, escondida bajo la chaqueta de Matsuda, y más abajo intento esconderme en el vestíbulo del American Felt Building para abrir la lata con las llaves, sin hacer caso del portero que al principio parece reconocerme, y luego, cuando empiezo a llenarme la boca de jamón a puñados sacando de la lata la carne tibia y rosada que se me queda bajo las uñas, amenaza con llamar a la policía. Salgo de allí, vomito todo el jamón apoyado contra un póster de Les Miserables en una parada de autobús y beso en los labios a la preciosa Eponine dejando hilos de bilis marrón esparcidos por su cara, suave e impasible, y la palabra «BOLLERA» escrita debajo. Me aflojo los tirantes, ignoro a los mendigos y ellos a mí, empapado de sudor, delirando, me encuentro de vuelta en el centro, en Tower Records, y me tranquilizo, murmurando una y otra vez:
–Tengo que devolver las cintas, tengo que devolver las cintas.
Compro dos copias de mi CD favorito, The Return of Bruno, de Bruce Willis, y luego me quedo atascado en la puerta giratoria, doy cinco vueltas completas y salgo a la calle y me tropiezo con Charles Murphy de Kidder Peabody, o puede que fuera Bruce Barrer de Morgan Stanley, quien fuera, y me dice:
–Oye, Kinsley.
Yo le eructo en la cara, con los ojos en blanco y los hilos de bilis verdosa goteándome por los colmillos, y él me dice sin inmutarse:
–Nos vemos en Fluties, ¿vale?
Pego un grito y cuando me doy la vuelta tropiezo con un puesto de una tienda coreana, tirando un montón de manzanas, naranjas y limones que ruedan por la acera, pasan el bordillo y caen a la carretera, donde los aplastan los taxis, los coches, los autobuses y los camiones. Me disculpo, delirando, y por error le ofrezco al coreano, que no para de gritar, mi American Express Platino, y luego un billete de veinte que coge inmediatamente, pero me sigue agarrando por las solapas de la chaqueta, manchada y arrugada, y cuando miro su cara redonda de ojos almendrados se pone a cantar el estribillo de «Lightnin’ Strikes», de Lou Christie. Me voy de allí, horrorizado, dando traspiés me dirijo a casa, pero la gente, los sitios, las tiendas se me interponen, un camello en la calle Trece me ofrece crack y sin pensármelo le doy un billete de cincuenta.
–Oh, tío –me dice agradecido y me da la mano y me pasa cinco tubitos que procedo a tomar enteros, y el camello, que intenta disimular su sorpresa, me mira divirtiéndose. Lo cojo del cuello y echándole mi aliento pestilente le grito:
–El mejor motor es el del BMW 750iL.
Me voy hacia una cabina de teléfono y empiezo a murmurarle sandeces a la operadora hasta que consigo darle el número de mi tarjeta de crédito, luego hablo con la dirección de Xclusive y cancelo una cita para un masaje que no había pedido. Consigo serenarme sólo con mirarme los pies, o en realidad a los mocasines de A. Testoni, dándole patadas a las palomas, y sin darme cuenta entro en un restaurante miserable de la Segunda Avenida. Todavía estoy confuso, desorientado, sudoroso, y me dirijo a una mujer judía, gorda y bajita, vieja y con unas ropas espantosas.
–Oiga –le digo–, tengo una reserva. Bateman. ¿Dónde está el maître? Conozco a Jackie Manson.
Ella suspira.
–Puede sentarse. No necesita reserva –y coge la carta.
Me lleva a una mesa horrible, al fondo, cerca de los aseos, le quito la carta de las manos y me voy corriendo a una de las mesas de delante. Me quedo asombrado de lo barata que es la comida.
–¿Qué es esto, una broma? –y cuando vi que estaba cerca la camarera le pedí sin mirar la carta–. Una hamburguesa con queso. Quiero una hamburguesa con queso, y que no esté muy hecha.
–Lo siento, señor –dijo la camarera–. No tenemos queso. Kosher.
Yo no sé de qué mierda me está hablando, y le digo:
–Bien, pues una hamburguesa con kosher y con queso, que sea Monterrey Jack, y… oh, Dios –me quejo, sintiendo otra vez los retortijones.
–No tenemos queso, señor –dice ella–. Kosher…
–Dios, esto es una pesadilla, judía de mierda –murmuro, y luego le digo–. ¿Y queso Cottage? ¿Me lo puede traer?
–Llamaré al encargado –dijo ella.
–Como quiera. Pero tráigame algo de beber mientras.
–¿Qué le pongo? –me pregunta.
–Un… batido de… vainilla.
–No tenemos batidos. Kosher –dice–. Llamaré al encargado.
–No, espere.
–Señor, voy a llamar al encargado.
–¿Qué coño pasa? –le pregunto furioso, y pongo la American Express Platino encima de la mesa grasienta.
–No tenemos batidos. Kosher.
–Joder… Entonces tráigame… ¡vainilla malteada! –le grito, soltando babas con la boca abierta. Ella me mira– ¡Extra espesa! –añadí.
Se fue a buscar al encargado, que era un calco de ella pero calvo, y cuando le veo acercarse me levanto y le grito:
–¡Que te follen, comepollas subnormal! –y salgo corriendo del restaurante.»
Joder, este tío estaba super drogao o yo no entiendo ná XDDDDD