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Hanne Hukkelberg

Cheater’s Armoury, del segundo disco de la noruega Hanne Hukkelberg, Rykestrasse 68. Que lo disfrutéis.

Seca

Siento que mi cabeza por dentro está seca. No me queda ni un ápice de creatividad. La prueba es este blog abandonado.

No es que haya sido nunca un genio, pero recuerdo cuando de pronto, haciendo cualquier tarea, tenía que parar porque se me venía a la mente alguna frase y sentía la necesidad imperiosa de escribirla; o cuando imaginaba en mi cabeza un dibujo y la idea se quedaba ahí, martilleando día tras día hasta que lo realizaba (o al menos lo intentaba, porque en muy pocas ocasiones he conseguido plasmar lo que tenía en mente); o se me ocurría una manera de hacer un collage, o de hacer música… De crear algo. Ahora, y desde hace ya algunos años, siento esos impulsos cada vez menos. Me entristece y me da miedo, porque siento que el paso del tiempo no me erosiona tan sólo por fuera, sino también por dentro.

Siento cómo envejezco por minutos.

El otro día, leyendo A Thousand Splendid Suns, la segunda novela del autor de Cometas en el Cielo, Khaled Hosseini, me encontré con un pasaje muy emocionante. Se trata de una chica (Laila) que va al cine con el chico que le gusta (Tariq), aunque no están saliendo, y en un momento de la película los actores se dan un beso de esos de cine, largos y apasionados. Seguro que todos nos hemos visto en esa situación tan incómoda y extraña alguna vez, y me pareció que este fragmento describe esa sensación excepcionalmente bien.

«On the screen, Alyona and her new husband locked lips.

Watching the kiss, Laila felt strangely conspicuous all at once. he became intensely aware of her heart thumping, of the blood thudding in her ears, of the shape of Tariq beside her, tightening up, becoming still. The kiss dragged on. It seemed of utmost urgency to Laila, suddenly, that she not stir or make a noise. She sensed that Tariq was observing her -one eye on the kiss, the other on her, as she was observing him. Was he listening to the air whooshing in and out of her nose, she wondered, waiting for a subtle faltering, a revealing irregularity, that would betray her thoughts?

And what would it be like to kiss him, to feel the fuzzy hair above his lip tickling her own lips?

Then Tariq shifted uncomfortably in his seat. In a strained voice, he said, “Did you know that if you fling snot in Siberia, it’s a green icicle before it hits the ground?”

They both laughed, but briefly, nervously this time. And when the film ended and they stepped outside, Laila was relieved to see that the sky had dimmed, that she wouldn’t have to meet Tariq’s eyes in the bright daylight.»

De entre los muchos inventos de Leonardo para la cocina, la mayoría fueron bastante peregrinos y no llegaron a funcionar tal y como el genio tenía previsto; sin embargo, me sorprendió mucho saber que fue Da Vinci el inventor de otros muchos que sí seguimos utilizando en nuestros días. Por ejemplo, Leonardo fue el primero en hacer espagueti, y, como era muy complicado comerlos con las manos y el cuchillo, que era lo que se utilizaba en aquella época, promovió también el uso del tenedor de tres puntas. Creó los molinillos de pimienta tal y como hoy los conocemos, y las servilletas, que hasta entonces no existían. Viendo lo que explica en el siguiente párrafo, podemos entender muy bien lo que le motivó a inventar las servilletas.

«de los modales en la mesa de mi señor Ludovico y sus invitados

La costumbre de mi señor Ludovico de amarrar conejos adornados con cintas a las sillas de los convidados a su mesa, de manera que puedan limpiarse las manos impregnadas de grasa sobre los lomos de las bestias, se me antoja impropia del tiempo y la época en que vivimos. Además, cuando se recogen las bestias tras el banquete y se llevan al lavadero, su hedor impregna las demás ropas con las que se los lava.»

«de una alternativa a los manteles sucios

Al inspeccionar los manteles de mi señor Ludovico, luego de que los comensales han abandonado la sala de banquetes, hállome contemplando una escena de tan completo desorden y depravación, más parecida a los despojos de un campo de batalla que a ninguna otra cosa, que ahora considero prioritario, antes que pintar cualquier caballo o retablo, la de dar con una alternativa.

Ya he dado con una. He ideado que a cada comensal se le dé su propio paño que, después de ensuciado por sus manos y su cuchillo, podrá plegar para de esta manera no profanar la apariencia de la mesa con su suciedad. ¿Pero cómo habré de llamar a estos paños? ¿Y cómo habré de presentarlos?»

También le debemos a Leonardo el bocadillo. En sus notas revela que al principio dudaba entre poner un trozo de carne entre dos trozos de pan, o un trozo de pan entre dos trozos de carne. Finalmente se decidió por la primera opción, y además descubrió que no sólo se podía hacer con carne, sino con cualquier otra cosa. A este magnífico invento lo llamó pan con sorpresa.

En otra ocasión, Leonardo inventa y fabrica un cortador de berros gigante, pero en la demostración realizada en los campos de berros cercanos al Palacio Sforza la máquina pierde el control y mata a seis miembros del personal de la cocina y a tres jardineros. Posteriormente, Ludovico lo utiliza con gran éxito contra las tropas invasoras francesas.

En el siguiente fragmento vemos las máquinas que Da Vinci consideraba necesarias y pretendía inventar para la cocina.

«las máquinas que aún he de diseñar para mis cocinas

-una para desplumar patos

-una para cortar cerdos en taquitos

-una para amasar

-una para moler cerdos

-una para prensar ovejas

Mas, ¿cómo las haré funcionar? ¿Por viento o por agua? ¿Por ruedas dentadas y manivelas? ¿Por la fuerza de los bueyes y los campesinos?»

La potencia necesaria para hacer funcionar sus máquinas era la mayor frustración de Leonardo, así como el hecho de no dar con la razón por la que ésta tan a menudo no guardaba ninguna proporción con el resultado final. Nunca nos hemos podido explicar cómo, viendo todo el vapor que se desperdiciaba en las cocinas, Leonardo no llegara a inventar el motor de vapor. Tenía a su disposición todos los elementos necesarios, incluido el pistón, pero por alguna razón nunca llegó a relacionarlos.

Dos de las máquinas que sí llegó a fabricar fueron una picadora de vacas enteras y un ingenio para eliminar las ranas de los barriles de agua de beber. Este último consistía en una trampa con un cebo equipada con un pequeño martillo de madera. Cuando la rana saltaba sobre la trampa, el martillo comenzaba a propinarle golpes en la cabeza a la rana hasta que esta quedaba sin sentido y no podía saltar al barril de agua.

Ingenio para eliminar ranaspicadora de vacas

Pocos saben que de entre las muchas actividades a las que se dedicó Leonardo estaba también la cocina. Yo me enteré hace pocos días, cuando cayó en mis manos un curioso libro titulado Notas de cocina de Leonardo Da Vinci. Al parecer, su afición a la gastronomía venía desde niño, cuando su padrastro, que era repostero, le atiborraba de pasteles mientras él engordaba y engordaba. Más tarde, por necesidades económicas, comenzó a servir comidas en una taberna llamada Los Tres Caracoles. Tras la misteriosa muerte por envenenamiento de todos los cocineros del local, Leonardo y su amigo Boticelli comenzaron a regentar la taberna, a la que llamaron La Enseña de las Tres Ranas de Sandro y Leonardo. Allí inventaron lo que hoy llamamos nouvelle cuisine, y servían platos de polenta adornados con hojas de albahaca dispuestas de diversas formas y zanahorias talladas formando diferentes figuras. Pero los clientes que acudían a la taberna eran trabajadores que esperaban atiborrarse de carne, y por los pelos se salvaron ambos de morir asesinados a manos de los hambrientos comensales.

Tras este fracaso, y aprovechando que Lorenzo de Medici mantenía una pequeña guerra contra el Papa, Leonardo se entretiene en mandarle unas maquetas de máquinas de asalto hechas de mazapán. Lorenzo, que no comprende bien lo que quiere decirle Leonardo, las ofrece a comer a sus invitados. Ante este nuevo fracaso, Da Vinci decide marcharse de Florencia. En compensación por el agravio de haberse comido sus maquetas, Lorenzo de Medici le entrega una credencial recomendándolo a Ludovico Sforza. Y aquí es cuando comienza a desempeñar su puesto de maestro de banquetes de la Corte de los Sforza, que se prolongaría por más de 30 años.

Pero allí también le esperaban algunos fracasos culinarios. Por ejemplo, cuando tuvo que ocuparse de la comida de la boda de una sobrina de Ludovico, Leonardo propuso el siguiente menú:

- Una anchoa enrollada descansando sobre una rebanada de nabo tallada a semejanza de una rana.

- Otra anchoa enroscada alrededor de un brote de col

- Una zanahoria, bellamente tallada.

- El corazón de una alcachofa

- Dos mitades de pepinillo sobre una hoja de lechuga

- La pechuga de una curruca

- El huevo de un avefría

- Los testículos de un cordero con crema fría

- La pata de una rana sobre una hoja de diente de león

- La pezuña de una oveja hervida, deshuesada

Pero no convenció a Ludovico, que lo cambió por este otro:

- 600 salchichas de sesos de cerdo de Bolonia

- 300 zampone (pata de cerdo rellenas) de Módena

- 1.200 pasteles redondos de Ferrara

- 200 terneras, capones y gansos

- 60 pavos reales, cisnes y garzas reales

- mazapán de Siena

- Queso de Gorgonzola que ha de llevar el sello de la Cofradía de Maestros Queseros

- La carne picada de Monza

- 2.000 ostras de Venecia

- Macarrones de Génova

- Esturión en bastante cantidad

- Trufas

- Puré de nabos.

Más tarde tendría que organizar los preparativos para la boda de Ludovico con Beatrice d’Este. Pretende celebrar toda la fiesta en el interior de una tarta: una réplica de 60 metros de longitud del Palacio Sforza construida en el patio del palacio con masa para pasteles. Pero Leonardo no tuvo en cuenta el efecto que el olor de este gigantesco pastel tendría sobre todas las ratas de Milán. Los hombres de Ludovico pasaron la noche de la víspera de la boda luchando contra las ratas, y al amanecer el patio estaba cubierto de trozos de las ruinas del pastel y multitud de cadáveres de ratas.

Tras este nuevo revés, Leonardo se dispondría a inventar una serie de utensilios que consideraba necesarios para una buena cocina, y también nos dejaría una colección de recetas y observaciones sobre los alimentos recogidas en los escasos manuscritos que componen el Codex Romanoff. Pero eso lo veremos en el siguiente post.

I’m a Fool to Want You

Cometas en el cielo

Cometas en el cielo

Cometas en el cielo

Cometas en el cielo es el nombre de la primera novela de Khaled Hossaini, un médico y escritor afgano afincado en Estados Unidos. El libro comienza con la historia de dos niños, Amir y Hassan, en Kabul poco antes de la invasión rusa que precedió al régimen de los talibanes. Tras esta primera parte, que definiría sobre todo como tierna, la acción se traslada a los Estados Unidos, donde continúa la vida de Amir. Y la tercera parte, pues mejor que la descubráis por vosotros mismos.

El libro narra una historia dramática y conmovedora sobre la amistad, el honor, la traición, la culpa, la redención, el miedo… Una historia preciosa -muy dura en algunos pasajes- sobre los sentimientos y la mezquinidad humana, fácil de leer y que engancha desde las primeras páginas.

Han hecho una película, pero aún no la he visto. De momento el trailer no me ha gustado mucho, y además destripa el libro bastante, así que, si tenéis intención de leerlo, intentad no ver imágenes.

Pues eso, recomendado queda.

«Y luego está la desconfianza, tampoco ella me ha faltado en modo alguno.

Es significativo cómo la ley lo advierte, y es muy raro que nos prevenga, que se moleste: cuando alguien es detenido, al menos en las películas, se le permite guardar silencio porque “cualquier cosa que diga puede ser utilizada en contra suya”, se le comunica en el acto. Hay en esa advertencia un ánimo extraño -o es indeciso y contradictorio- de no querer jugar sucio del todo. Es decir, se informa al reo de que las reglas van a ser sucioas a partir de ahora, se le anuncia o recuerda que se va por él como sea y se aprovecharán sus posibles torpezas, inconsecuencias y errores -no es ya un sospechoso, sino un acusado cuya culpa va a intentar demostrarse, sus coartadas a destruirse, la imparcialidad ya no lo asiste, no entre hoy y el día en que comparezca a juicio-, todo esfuerzo irá encaminado a la consecución de pruebas para su condena, toda vigilancia y escucha e investigación y pesquisa a la captación de indicios que lo incriminen y refuercen la decisión tomada de detenerlo. Y sin embargo se le ofrece la oportunidad de callar, casi se lo urge a ello; en todo caso se le hace saber de ese derecho suyo que quizá ignoraba, y por lo tanto se le da a veces la idea: de no abrir la boca, de no negar ni siquiera lo que se le esté imputando, de no exponerse al peligro de defenderse solo; callar se aparece o es presentado como lo más prudente a todas luces y lo que puede salvarnos aun si nos sabemos y somos culpables, la única manera de que ese juego sucio anunciado quede sin efecto o apenas pueda ponerse en práctica, o al menos no con la involuntaria e ingenua colaboración del reo: “Tiene derecho a guardar silencio”, lo llaman la fórmula Miranda en América y no sé siquiera si su equivalente existe en nuestros países, a mí me la aplicaron una vez allí, hace mucho o no tanto, pero el policiá me la recitó incompleta, imperfectamente, se le olvidó decir “ante un tribunal” al soltarme rápido la famosa frase “cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en contra suya”, hubo testigos de su omisión y no fue válida la detención por eso. Y al mismo y extraño espíritu responde ese otro derecho del procesado, a no declarar contra sí mismo, a no perjudicarse verbalmente con su relato o sus respuestas o contradicciones o balbuceos. A no dañarse narrativamente (ah, ese puede resultar un gran daño); y a mentir por tanto.

El juego es en realidad tan sucio e interesado que no hay sistema judicial que pueda presumir de justo con premisas semejantes, y quizá no haya justicia posible en ese caso, jamás, en ningún sitio, la justicia una fantasmagoría y un concepto falso. Porque lo que se dice al acusado viene a ser esto: “Si declaras algo que nos convenga o sea favorable a nuestros propósitos, te creeremos y te lo tomaremos en cuenta, y contra ti lo volveremos. Si por el contrario alegas algo en tu beneficio o defensa, algo para ti exculpatorio y para nosotros inconveniente, no te creeremos nada y serán palabras al viento, puesto que el derecho a mentir te asiste y damos por descontado que a él se acoge todo el mundo, esto es, todos los criminales. Si se te escapa una afirmación que te inculpe, o caes en contradicción flagrante o confiesas abiertamente, esas palabras tendrán su peso y obrarán en tu contra: las habrmos oído, las registraremos, tomaremos nota, las daremos por pronunciadas, quedará de ellas constancia, las incorporaremos al expediente y serán tu cargo. Cualquier frase que ayude a xonerarte, en cambio, será ligera y será desechada, haremos oídos sordos y caso omiso, no contará, será aire, humo, vaho, y en tu favor no obrará nada. Si te declaras culpable, lo juzgaremos cierto y lo tomaremos en serio; si inocente, tan sólo a broma y a beneficio de inventario”.»

Javier Marías

El viernes pasado fui a ver la película del Niño con el Pijama de Rayas. Como ya había leído el libro y sabía a lo que me atenía, preparé un buen arsenal de paquetes de “cleenex” y los guardé en mi bolso junto con mi estuche de maquillaje, por si tenía que “restaurarme” al salir. Pero ninguna de las dos cosas me hizo falta. Todavía no me lo explico. Mira que soy llorona hasta el extremo, y que la historia que narra el libro es súper dramática y lacrimógena, pero sin embargo la película no fue capaz de emocionarme ni una décima parte de lo que lo hizo el libro.

Yo no entiendo nada sobre cine, y no pretendo hacer una crítica de la película. Lo único que sé cuando veo una peli es si me llega o no me llega, y ésta, definitivamente, no me llegó. Los personajes no tienen la profundidad que alcanzan en el libro (y el libro no es tan extenso como para que no se pueda abarcar en un largometraje, creo), y no llegas a cogerles el cariño -o el odio, en otros casos- que consiguen despertarte en la novela. Además, hay una serie de detalles que no son fieles al libro (cosa que siempre da un coraje especial, porque sientes que el director está engañando a todos los espectadores de la sala, y te dan ganas de levantarte y gritarles “¡¡eh, que eso no era así!!”), pero eso pasa casi siempre en estas adaptaciones…

En mi opinión, gran parte del encanto de la novela reside en el hecho de que está contada íntegramente a través de los ojos de un niño de ocho años, con su inocencia y su ingenuidad, describiendo simplemente aquello que ve y dejando que las interpretaciones las hagamos nosotros mismos. Esa perspectiva se pierde en la película, y con ella mucho de la candidez y la ternura de la historia.

En fin, que a mi parecer no es una película que merezca la pena ver. Como suele pasar, la novela es mucho mejor.

Panorámica de Estambul

Pues aquí está mi versión particular de una panorámica de Estambul, fruto de una tarde de aburrimiento (anterior al comienzo del curso escolar, por supuesto, porque desde entonces no ha habido ninguna). La línea de la silueta de la ciudad está pirograbada sobre chapón, y luego pintado con tinta china negra y pintura dorada, con una capa de barniz para terminar. Espero que os guste. Si no, a mí al menos me sirvió para matar el aburrimiento y transportarme con la imaginación a una de las ciudades que más me gustaría visitar. Espero que un día pueda colgar aquí mis fotos con Santa Sofía y la Mezquita Azul al fondo, o el monte Fuji y el Templo Dorado de Japón, en vez de estas cosas… Pero todo se andará, que para algo voy a pasar el resto de mis días (lectivos, que tampoco son tantos, jajaja) aguantando a 35 ó 40 elementos de edades diversas…

Bueno, que me voy del tema; os presento a mi creación:

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